Biblioteca Popular José A. Guisasola


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Cuento» La palabra descontenta, de Rocío Sanz. Escritora y compositora costarricense (1934-1993)

Había una vez una palabra descontenta. Muy descontenta.

Era la palabra PERO.

—¡PERO! —se decía—. ¿Qué clase de nombre es ese?

¡No es nada!

—Eres una conjunción —le decían.

—¡Sí, y nadie sabe lo que es eso! —contestaba la palabra PERO—. Si al menos fuera yo un sustantivo concreto y fuerte... o un lindo adjetivo de colores... ¡No! ¡Soy un simple PERO!

Su nombre le parecía muy feo. Y su uso le parecía más feo aún.

—Siempre me usan para desanimar a la gente —decía—. Siempre dicen "Es una niña muy linda PERO..." y luego ponen lo feo. ¡Siempre le ponen PEROS a todo! ¡Estoy harta!

La palabra PERO estaba muy descontenta de sí misma.

—Ve a ver a la Ortografía —le aconsejaron—. Ella suele cambiar a las palabras.

La palabra PERO fue a ver a la Ortografía.

La encontró muy atareada resolviendo una discusión entre la B y la V que querían ocupar el mismo lugar en una palabra.

—Se queda la B grande y se acabó —sentenció la Ortografía—. ¡Y ya no quiero más pleitos entre ustedes dos! —les gritó, mientras la B y la V se alejaban cabizbajas.

La palabra PERO se acercó:

—Señora... señora...

—¿Qué? ¿Quién es? —rugió la Ortografía.

—Yo —contestó PERO, haciéndose chiquitita.

—¡Qué quieres aquí PERO? ¡Estoy muy ocupada! —dijo la Ortografía.

—No estoy satisfecha de mí misma...
Quisiera cambiar... —murmuró PERO.

—¿Cambiar? ¿Por qué? ¡Así estás bien!

La palabra PERO se echó a llorar.

La Ortografía, al ver cómo le corrían las lágrimas por el palo de la R, se enterneció y le dijo:

—A ver, acércate. Veré qué puedo hacer.

La palabra PERO se acercó y la Ortografía empezó a buscar entre sus papeles.

—Aquí tengo algunas letras de sobra —dijo la Ortografía—. Me sobran XXX y KKK; son consonantes, y me temo que no te van a quedar. Acércate. Probemos: KPEKRPKX, KPEKROKX, ¡Terrible! ¡Te vuelves impronunciable!

La palabra PERO se sacudió las XXX y las KKK y miró a la Ortografía, muy desconsolada.

—No pongas esa cara —dijo la Ortografía—. Mira: te voy a prestar una hache. Es muda, sin embargo, adorna. A ver, deja ponértela. PEHRO. Ahí tampoco, te ves muy mal. PEROH... no está muy bien, aunque es mejor que nada —observó la Ortografía—.

Llévate esa hache final, cuídamela mucho.

Y la palabra PEROH salió de allí llevando una hache final de la manita. Iba contenta; se sentía cambiadísima... hasta que se encontró con otras palabras:

—¡Mira! —decían—. ¡Ahí va la palabra PEROH con una hache al final, ji,ji!

—¡Qué mal gusto! —dijo la palabra ALCOHOL.

—¡La hache final ya no se usa!

—Está pasada de moda —decían CHATO y ¡ATCHÍS!, estornudando—. ¡Hoy en día las haches se llevan en medio!

—Y lo elegante es ponerles una C para que suenen —comentó CHICHÓN HINCHADO.

La pobre palabra PEROH se sintió muy mal. Miró su hache final, muda, sin C...: PERO ¿H? La soltó de la manita y la hache se fue brincando, a buscar una C para sonar.

La palabra PERO se quedó deprimidísima, quería cambiar... y no podía. Era una palabra descontenta, quejosa, malhumorada. Cierto día, al ir entrando a una frase, la palabra PERO se encontró con la palabra COQUETA.

—¡Te ves muy mal! —le dijo coqueta—. ¡Tienes que ir al salón de belleza, te dejarán como nueva! Un masaje de letras, un tratamiento facial y un tinte harán maravillas. Es caro, ¿eh? advirtió COQUETA—. ¡Vale la pena, aunque a mí casi me cuesta el palo de la T!

Y la palabra PERO fue al salón de belleza más caro del mundo.

¡Pobre palabra PERO!: le quitaron las papadas de la P y de la R; le respingaron los palitos de la E y le adelgazaron la O. Luego le untaron cremas por toda la cara y, mientras se secaba, le tiñeron las letras de colores y le pintaron las uñitas de la E y la R.

PERO se sentía divina. Al principio nadie la reconocía y enseguida empezaron los chismes.

—¿Quién es? —susurraban.

—¡Es PERO, maquillada! ¡Se pintó el pelo, ji, ji!

Y muy pronto ya nadie hizo caso del cambio y siguieron usándola para desanimar a la gente.

—Tu tarea está limpia —decían—, PERO... y luego decían lo malo.

La palabra PERO se desanimó mucho. No volvió a darse masajes, engordó de la P y la R, descuidó la O y se despintó todita.

Andaba muy triste.

Siguió siendo una palabra descontenta, quejosa, malhumorada.

Casi una mala palabra.

Un buen día, cuando salía de un proyecto donde le habían puesto PEROS a todo, acertó a pasar por la oficina de un escritor y allí vio el siguiente rótulo:

ESCRITOR
SE ARREGLAN PALABRAS

La palabra PERO decidió entrar.

—¡Una conjunción! —exclamó el Escritor al verla—. Entra, las conjunciones me gustan mucho. Son cortas, muy útiles.

La palabra PERO se desconcertó.

—Yo... —tartamudeó—. Yo... yo no me siento útil.

—¿No? —indagó el Escritor—. Pues entonces, ¿a qué has venido?

—Yo —dijo PERO—, he venido a que me arregles.

El Escritor se quedó perplejo.

—¿A que te arregle? —exclamó— ¿Para qué? Yo puedo usarte tal como eres.

—¡No quiero que me uses! —gritó PERO—. ¡Quiero que me arregles!

¡Siempre me usan para desanimar a la gente! ¡A todo le ponen PEROS!

El Escritor la observó detenidamente. Luego le dijo: —Yo podría arreglarte... PERO ¿valdría la pena?... Estás completa —añadió—, PERO muy flaca. Eres una palabra útil, PERO muy corta. Bonita, PERO algo acabada.

—¿Lo ves, lo ves? —aulló PERO—. ¡Hasta TÚ me usas para desanimarme!

El Escritor calló. Luego, con una sonrisa muy pequeña le dijo:

—Te usan para desanimar a la gente... ¿Sólo para eso?

—¡A todo le ponen PEROS! —aulló PERO—. ¡Quisiera cambiar! ¡Quiero que me arregles!

El Escritor inclinó la cabeza y miró a la palabra PERO.

—Puedo arreglarte —dijo—, si eso es lo que quieres. Piénsalo bien antes de que te cambie. Fíjate, estás flaca, PERO eres una palabra completa. Eres corta, muy útil. Escúchame bien: estás algo acabada PERO...

—¡No me importa! —gritó PERO—. Ya no me pongas PEROS y ¡arréglame!

El Escritor calló largo rato. —PERO... ¿no te das cuenta? —musitó al fin.

La palabra PERO no escuchaba nada. Estaba sorda de rabia.

El Escritor se puso muy serio, muy seco.

—Está bien —dijo al fin—. No queremos palabras descontentas de sí mismas. Voy a arreglarte, pero te advierto que después no admito quejas. Acércate.

La palabra PERO se acercó. El Escritor la puso sobre la mesa y la miró detenidamente. Luego suspiró y se puso a trabajar para cambiarla.

Tomó sus cuatro letras y las separó: P E R O.

Las revolvió: E R O P; O P R E.

Luego las volvió a juntar: PERO. Las miró así juntas, por última vez: P E R O. Luego, con un solo movimiento rápido, cambió dos letras de lugar.

—¡Ya está! —dijo, apartando la vista.

La palabra PERO había sido transformada en otra palabra.

La palabra PERO había quedado PEOR.



FIN

Texto: Rocío Sanz
Ilustración: Gonzalo Rocha





Fuente: Colección COLIBRÍ, LA PULGA AVENTURERA Y OTROS CUENTOS
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